lunes, 15 de julio de 2013

La realidad se llama Verónica.

Hace una semana sonó el teléfono, contesté y era Verónica; mi amiga de la infancia. Ofreciéndome una salida a cenar. Era obvio que no quería cenar, llevaba casi tres días ayunando y no lo iba  echar a perder.
—Ay, Vero; llamaste muy tarde. Ya cené.
—Por eso no te preocupes; mañana paso por ti temprano y desayunamos.
—Pero…
—Nos vemos Jess.
Verónica colgó tan rápido que no me dio tiempo ni de excusarme. Estaba preocupada ¿Qué haría mañana? ¿Mentirle de nuevo? Seguramente comenzaría a sospechar.

Me estuve preparando mentalmente para ese día; ¿a dónde me iba a llevar?, ¿cuáles serían mis excusas?, ¿recurriría al vómito? Algo se me iba a ocurrir. Siempre se me ocurre algo. No soy idiota.

Las pocas horas que pude dormir, dormí tranquila. Desperté con la pregunta de todos los días ¿Podré soportar estar todo el día sin comer?

A las 9:00 sonó el teléfono. Era Verónica, otra vez. Diciéndome que a las 12:00 pasaba por mí. Ni siquiera tenía ganas de arreglarme; pero no tuve opción. Me tardé más de lo normal. Eran dos horas para buscar entre toda mi ropa; alguna que me tapara los huesos pero que al mismo tiempo me hiciera sentir menos gorda.

Sonó el timbre, terminé de rizarme las pestañas, tomé mi bolso y abrí.
— ¿Lista?
—No realmente, yo tenía…
—Anda, vamos; hice una reservación.

Verónica habló muchísimo durante el camino. No entendí mucho, sólo asentía con la cabeza y sonreía para parecer interesada; en mi mente buscaba excusas y soluciones para evitar engordar. Llegó el asqueroso momento. Nos dieron nuestra mesa y el vomitivo menú, Verónica lo leía y lo volvía a leer. Estaba indecisa. Yo ni siquiera lo leí, tuve suficiente con ver las fotos.

— ¿Les puedo tomar su orden?— dijo la camarera.
—Sí, quisiera ordenar…— Me hice la sorda, no quería vomitar antes de tiempo.
— ¿Y para usted? — giró su rostro hacía a mí sin quitar la vista de su pequeña libreta en donde anotaba la orden. Ni siquiera quiero recordar que fue lo que pedí. La chica se dio la media vuelta y se fue.
— ¿Estás segura?— preguntó sorprendida.
— ¿Cómo que si estoy segura?— repelé, haciéndome la desentendida.
—Me refiero a que; es muy poca comida.—Contestó preocupada.
—Y yo pienso que es mucha —susurré.
— ¡¿Qué?!— se exaltó.
—Nada.—fingí.
— ¡No!, sí dijiste algo ¿Por qué dices que es mucha?—Volvió a preguntar en tono insistente.
— ¿Por qué TÚ dices que es poca?—Contesté fastidiada.
—Pareciera que no quieres comer ¿Qué te sucede? ¿Estás enferma?—comenzaba a alterarme los nervios.
—No.—Negué de inmediato.
— ¿Estuviste enferma?
— ¿Enferma de qué?
—Ya sabes, bulimia, anorexia; alguna de esas cosas.
— ¿De qué hablas? —aparentaba sentirme ofendida.
— ¿Cómo que de qué hablo? Cuando éramos niñas comías más que mi papá y ahora no quieres ni ver el menú, ¿estás segura de que nunca te dio nada?
—Nunca fui al médico. No estoy diagnosticada. Así que no.
—Pero lo has hecho, has vomit…
— ¡Pues sí! Sí he vomitado y sí, estoy enferma.
— ¡Jess!
— ¡¿Jess qué?! Querías saber qué pasa conmigo, ¿o no? Pues te diré qué pasa, odio mi cuerpo, me odio a mí misma, odio sentirme gorda, odio ver gente delgada comer, odio tener que vomitar porque no aguanté el ayuno, odio subirme a la báscula y darme cuenta que nunca es suficiente. Amo sentir mis huesos, amo el reflejo de mis clavículas en el espejo. Amo poder terminar un día y poder decir: “No comí nada”, amo decirle que no al desayuno, amo sentir todas y cada una de mis costillas, amo el hecho de que mis piernas no rocen entre sí mientras camino, amo ver un gramo menos en la báscula y ODIO que me traigan a restaurantes tan asquerosos como este.


Verónica y todos los comensales estaban atónitos, llamaron a seguridad. Me tomaron por los brazos. Verónica los detuvo y dijo que ella se encargaría de mí. Y así fue como llegué aquí, para mi mala suerte, Verónica se convirtió en directora de este centro de rehabilitación hace un par de años; llamó a mis padres y arregló todo para que esto no les costara ni un centavo. De haberlo sabido jamás habría hecho esa escena. Pero lo negué por mucho tiempo, tenía que enfrentarme a la realidad. Tenía que enfrentarme a Verónica. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

El día que me enamoré de un hombre de traje.


Fue hace dos años, nunca lo vi usando un traje; pero yo sabía que de vez en cuando se ponía uno. Decía que le gustaba el azul, supongo que su traje era de ese color. Me llevaba unos ocho o nueve años; nunca supe exactamente cuántos.
Su mirada era profunda, su sonrisa hermosa y su cabello muchas veces, se veía mejor que el mío. Le confesé lo mucho que me gustaba pero él siempre lo tomaba como broma. Creía que estaba jugando. Yo sospechaba que él se sentía igual. Y no me equivoqué.

Hace poco, cuando el hombre de traje me confesó todo, ninguno de los dos sabíamos qué hacer. Me tenía entre sus brazos, no me dejaba ir. Yo no quería irme. Nos besamos. Él insistía con que mi pupila se había dilatado; yo no pude distinguir la suya. Me decía que quería estar conmigo. Esbozó un “pero”, su trabajo, sí, su trabajo. No quería que nos viéramos de vez en cuando. La solución era que me fuera a vivir con él. Pero hubiera dado lo mismo, eso no lo abstenía de sus deberes. Quedamos en un acuerdo; en respetar nuestros espacios y aguantar el tiempo que fuera necesario. Perdí la cuenta de las veces que me miró a los ojos y me besó.

Días después fue a buscarme; pero ahora era yo la que tenía cosas que hacer. Lo entendió, según me dijo. Regresó un día más, se molestó. Me tenía confundida, un acuerdo tuvimos. Lo ignoró. Los hombres de traje siempre tienen mejores cosas en que pensar. Él, mi hombre de traje. Me decepcionó, no lo suficiente para odiarlo, pero lo suficiente para pedirle que se fuera. Tanto tiempo deseando sus labios, para que al final su propio cariño por mí, me alejara de su lado.

He estado pensando en ti, sí tú, mi hombre de traje. Fuimos buenos amigos; me gustaría decir que aún lo somos. Pero es difícil asegurarlo cuando hace tiempo que no hablamos.

viernes, 15 de marzo de 2013

Diarios Anónimos


No podía creer que por fin la tenía en mis manos, haciéndola mía; después de tantos meses de observarla de lejos, de aprenderme su rutina. Una más a la lista; Nicole. La pequeña y frágil Nikky. Tenía los ojos de Mónica, las cejas de Jessica; los pechos de Camila y la cintura de Elizabeth. Era el conjunto perfecto de mis cuatro mejores chicas y sus gritos; sus gritos eran como los de una quinta; Ana, la más joven de todas; mi primer amor.

A todas las he amado. Ir de ciudad en ciudad sólo para encontrarme con una más hermosa que la anterior. Conocerlas, estudiarlas, analizarlas, seguirlas, distraerlas, enamorarlas, hacerles el amor, flagelarlas, desmembrarlas, dormir sobre ellas, quemar sus restos y guardar las cenizas. Todas eras vírgenes y yo fui su primer y único amor.

Nikky fue la más difícil de todas, era muy versátil y su rutina no siempre era la misma; además se cambió de casa. Poco más de un año fue lo que me tardé en aprenderme sus horarios. En conocer a sus amistades, en hacer el plan para encontrarme “casualmente” con ella; y todo para que cayera. Fue la única que no tuve que drogar. Salimos durante siete meses. Un año y siete meses de trabajo para mí, como dije; fue la más difícil.

El día que cumplimos esos siete meses le regalé un par de pendientes de oro blanco. Combinaban perfectamente con su piel, y con el olor de su sangre. La invité a cenar, me aseguró que estaba lista para mí; la llevé a mi apartamento y la abracé cómo el más caballero de los príncipes.

— ¿Segura que estás lista? —le susurré al oído.
—Sí —esbozó una sonrisa y comenzó a besarme.
«Extrañaré tus labios» pensé.
Por fin la tenía entre mis brazos, procuraría ser lo más tierno y delicado posible. Se debe valorar lo que te ganas con el sudor de tu frente.

Mis manos estaban sobre su pálida cintura y comenzaron a subir su blusa; ella me despojó de mi camisa botón por botón; la tomé de nuevo por la cintura y la acerqué a mí al mismo tiempo que ella aspiraba un poco de placer al sentir mi piel contra la suya. La volví a besar y añadí caricias sobre su espalda. Como siempre, el sostén me lo impedía. Me fingí inexperto y quité el broche con ambas manos, quiénes subieron por su espalda hasta sus hombros, bajaron cuidadosamente los tirantes hasta sus muñecas; «Camila» fue lo primero que me vino a la mente cuando vi sus pechos por primera vez; su pequeña prenda tocó el suelo.

Acaricié sus manos; recorrí de nuevo sus brazos para regresar a sus pechos. Su piel respondía al roce de mis yemas. Su boca temblaba sobre la mía cada que la tocaba. Y sus labios emitían un pequeño suspiro por caricia. La fui encaminando hacia mi cama mientras nos desabrochábamos el pantalón. Me deshice del suyo en el momento en que su espalda hizo contacto con mis sábanas. La ayudé un poco y me desprendí del mío. Ataqué su cuello y sus suspiros se tornaron en gemidos. Le acaricié ambos pechos, después sólo uno, mientras besaba el otro; seguía gimiendo. Me excitaba tanto como Ana. Bajé mis manos por su cintura, hacia su cadera; le quité las bragas.

— ¿Estás lista? —le pregunté acelerado, ella se limitó a asentir con la cabeza; se sentó y arrancó mi ropa interior. Me besó, la inercia me llevó a recostarme sobre ella. Mi miembro rozó sus genitales y al contacto ella abrió las piernas. ¿Qué si fui cuidadoso? Vaya que lo fui, el más perfecto caballero. Nikky lo merecía, Nikky era especial. Sus gemidos cesaron para darle lugar a los gritos cuando empecé a penetrarla por vez primera; era obvio que doliera. A todas les dolía. Hubo un grito de confirmación, un click en mi glande y unas gotas de sangre; el himen se había roto; era hora de buscar algo más. Ella comenzaba a arquearse para sentirme aún más profundo y me obligaba a erguirme un poco. Llegó la oportunidad. Me erguí lo suficiente para estirar mi brazo y sacar el cuchillo que había entre el colchón y la base de la cama. Quise esperar un último grito para mi memoria, una última lubricación para una última embestida, pero ella comenzó a pedirme más y ya no me pude esperar.

Miré detenidamente su rostro; quería recordarla. Era perfecta. Ahora es mía. Dejé de embestirla un momento, “me salí”; con el riesgo de que notara el cuchillo, pero no me importó. Me acosté a su lado y le susurré al oído — Te amo—. Sus ojos seguían cerrados, su respiración acelerada. Acerqué el cuchillo a su hombro y el filo la acarició. La sangre comenzó a brotar, estaba tan excitada, que ni siquiera lo sintió, por lo menos no hasta que el filo tocó el hueso. Volteó a verme aterrada. Gritó. Pero era tarde, su brazo era mío. Puso resistencia. No pudo. Volví a hablarle.

—Sh, sh, sh. Tranquila preciosa. Necesito que te quedes quieta. No me gustaría herirte de más. Jamás te haría daño. Pero es probable que tú a mí sí. Y es por eso que nunca serás de otro—. La acaricié.

La pobre Nikky no podía hablar, estaba muy asustada. Quedó en shock. Deslicé el cuchillo por su cintura hasta su ingle e incidí. No recuerdo en que momento dejó de gritar. Tomé su muñeca en mi mano izquierda, para evitar que huyera. No hubiera podido sostenerse en pie, mi deber era cuidarla. El filo seguía haciendo lo suyo. Nikky se rindió, pero aún no se iba.

—No quiero que te siga doliendo. Sí, sí; ya sé que no te quejas. Pero no puedes soportar todo eso por mí. Calmaré un poco tu dolor—. Decidí que no quería que Nikky muriera pensando mal de mí. La volví a penetrar una y otra vez. Hasta que se fatigó. Le faltó oxígeno y cerró los ojos de Mónica. La besé y terminé por arrancarle los miembros.
Estaba fatigado, no puso mucha resistencia, pero las articulaciones siempre costaban más trabajo. Como ya era costumbre, me quedé dormido sobre su torso, dentro de un ambiente rojo y aún tibio.

Me despertó el olor a sangre seca. Abrí los ojos y ahí estaban los pedacitos de mi Nikky. Los miré con la misma ternura con la que la vi por primera vez. Era como si las partecitas de mis otras chicas hubieran decidido unirse y formar una muñequita de porcelana. Besé su frente. Fría.

Faltaba poco para medio día. Limpié el cuchillo como de costumbre, ya no recordaba cuántos químicos tenía el filo ni cuántos diferentes tipos de sangre había probado. Limpié a Nikky y la guardé en una bolsa negra. Guardé las sábanas en otra. Limpié el cuarto.

El problema de ese lugar era que no había lugares tan accesibles para quemar la evidencia. Le hice como pude. Tomé la bolsa de las sábanas, tomé a Nikky. Fui discreto. Subí ambas bolsas a mi camioneta, subí mis herramientas y todas mis cosas; conduje sin alguna dirección en específico. Era hora de mudarse de nuevo. Llegamos a una especie de desierto. Por lo menos no había gente. Coloqué la plataforma de siempre, la que usaba al final. Coloqué las sábanas. Las bañé en gasolina. Prendí un cerillo y lo aventé. Nunca había percibido el olor de la sangre de esa manera. Nikky me cautivaba de todas las maneras posibles. Cómo dije, Nikky era especial. Enterré las cenizas. Eso fue  nuevo; generalmente las aspiraba, las tiraba a la basura o las esparcía en el viento. Limpié la plataforma. Era el turno de Nikky, di un último vistazo, con la esperanza de que nadie se apareciera. Así fue. Saqué uno a uno los miembros de Nikky. Su torso costó un poco de trabajo. La cabeza siempre pesa más. Repetí el rito de la gasolina, no sin antes besar a Nikky por última vez, que escuchara un — Te amo— cómo mi despedida. Una lágrima recorrió mi rostro. Lancé el cerillo.

Nikky se consumió muy rápido, quizá usé más gasolina de lo acostumbrado, cayeron sus cenizas. Fui por la caja que le mandé a hacer, traía grabado un “Nicole” en letras cursivas. Guardé sus restos. La cerré con llave. La abracé y me subí de nuevo a mi camioneta en busca de alguien que se le pareciera aunque fuera un poco.


miércoles, 28 de noviembre de 2012

Querida mía.


3 de noviembre. 2012.


Alguna vez te escribí una carta y funcionó. Y espero que no sea ésta la excepción. Yo no sé cómo lo veas tú, pero las cosas que yo hago, mis gustos, mi manera de ser, son parte de lo que soy. No creo tener la influencia de nadie, y es que a pesar de que no hay una tercera persona detrás de lo que soy. La culpa tampoco es mía; yo no tengo la culpa de que me guste el negro. Yo no tengo la culpa si me gusta el rock y los chicos rudos. La culpa no es mía si me gustan los gatos negros. No es mi culpa que me gusten los murciélagos. Mi único vicio son los libros, la historia y el enigma. La magia, el misterio y un poco de fantasía. La tarea es mi desvelo, y nunca es tarde cuando a casa llego. Me gustan las pinturas, el arte y hago de todo para contigo no pelearme.
Yo no sé que de malo le ves a todo eso, pero con cada anhelo mío, viene una razón única de porque no debo de hacer/comprar/decir. Trato de obedecerte, pero entre más te obedezco, con más obstáculos me encuentro. A veces siento que no soy lo que esperabas, que tú quisieras que a tu manera yo pensara. Pero no podemos coincidir en todo querida mía y no es porque yo quiera, alguien decidió que todos tuviéramos algo que nos distinguiera de los demás y creo que así es conmigo; sé que tal vez te educaron de diferente manera, pero reprimida me tienes. Llego a temer mostrarte lo que he creado, lo que he escrito, por miedo a que te parezca malo, vulgar o blasfemo, o peor aún, que pienses que todo lo que escribo es porque es lo que vivo. El arte es expresarse por medio de la imaginación, y va desde escribir, hasta pensar en cómo hacer el siguiente corte de cabello. Sólo quiero que entiendas eso, no te pido que me permitas todo, porque sé que no eres así. Quita ya tus miradas de desaprobación, me hacen sentir que merecida no te tengo y que tú necesitas algo mejor. Te amo demasiado y quiero hacerte feliz. Yo no pedí ser como soy, querida; la culpa no ha sido mía.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Tus últimos párrafos...


La verdad no recuerdo cómo ni cuándo fue la primera vez que cruzamos miradas, hubiera dado lo mismo; podría decirse que estabas prohibido. Y así era, no te veía ni cómo un quizá, simplemente estabas ahí. La situación cambió y te diste a la tarea de llamar mi atención; la obtuviste de inmediato. Te acercaste mucho, te acercaste demasiado. Ojalá nunca lo hubieras hecho, pero gracias. Gracias por ese hueco primer beso que pareció más deseado que soñado, gracias porque desde ese momento sentí que las cosas no iban a estar bien, pero no me importó. No voy a mentirte, sonreía más cuando estaba contigo; sí, creía estar enamorada. Dejé, cambié y evité muchas cosas por ti, no me arrepiento; pero tampoco me siento orgullosa. Alejé mi futuro, peleé con mi sangre; me olvidé hasta de mí. Gracias, gracias porque volteaste mi mirada a cosas que realmente importan. No me enseñaste a amar, pero me enseñaste a nunca forzar las cosas por insignificante que pareciera. Me enseñaste a dudar de cualquier cosa que saliera de tu boca; incluyendo tus besos. Me regresaste ese instinto de desconfiar de los demás, ese desprecio hacia los de tu género, ese resentimiento a las emociones. No los acepté. Simplemente me volví indiferente, ignoré tus intenciones como nunca hice antes. Antes de saber quién eras, antes de que te quedaras callado.
No sé si es para enorgullecerse, pero no recuerdo mucho de lo bonito que hubo entre nosotros, rara vez vuelven a mi memoria aquellos días. Y rara vez los recuerdo con exactitud. Algo pasa conmigo y no sé qué es, a pesar de que te volviste un par de ayeres borrosos, y recuerdos no gratos, sigues presente; a veces en mis sueños, a veces en mi ropa. Quizá deba cambiar mi librero, o reemplazar a Romeo (sí, el pequeño azul, es el único al que puedo ver aún a los ojos, el único que conservo y sí, le cambié el nombre), ya no me pongo esa blusa de cumpleaños que compraste; ya no puedo ni siquiera sostenerla entre mis brazos. Quizá me hace falta verte de nuevo, tal vez, aquella última ocasión no te dije lo suficiente y no, no quiero insultarte ni armarte ningún tipo de escena ridícula. Creo que lo único que necesitaría sería escuchar esa verdad que tanto disfrazaste desde siempre. Pero no, no sé qué haría si te tuviera otra vez en frente, no quiero ni imaginar la cantidad de cosas y de emociones que pasarían por mi cabeza y por mi estómago y para serte sincera, no quiero volver a verte.
Si es que llegas a leer esto o leerlo por completo, ya no me interesa que creas o que pienses de mí, es más, ni siquiera te molestes en contestarlo, no quisiera tener ya nada que hablar contigo. Entonces, ¿para qué te escribo? Sencillo, ¿para qué más escribiría sino para desahogarme? Desahogarme de ti una última vez, arrancar ese último pedazo tuyo que aún queda en mí. Te podría decir que me cambiaste la vida, pero no he vivido lo suficiente, y bueno, la gente no cambia; lo que cambia es el pensamiento. Cambiaste mis ideas, mis sueños y mis metas, no sé si a tu conveniencia, no me di cuenta hasta que en mi reflejo noté que no era yo. Al final resultaste una creación de mi subconsciente. Te diría cómo me ha ido, pero así como no quiero saber de ti; yo sé que no necesitas saber de mí. Léela en el tono que quieras, Dios sabe que no te guardo rencor. Y ojalá un día encuentres lo que sea que estés buscando. Insisto, ni se te ocurra responder… 




Escrita el 1° de octubre del 2012.
Charlie.

sábado, 6 de octubre de 2012

Madrugada del seis de octubre.

Esa estúpida sensación de quedarme sin aire me abrió los ojos de golpe, me sentía muy mareada, y por más que apretaba los párpados una y otra vez; no podía enfocar bien las cosas, recordé la última escena de mi sueño: Enfrente de la computadora, haciendo tarea; mi madre dirigiéndose a las escaleras, cuando, en un segundo comencé a jadear con desesperación. Mi mamá me miró y dijo; con su habitual tono de extrañeza cuando hago algo fuera de lo común;
—Y, ¿ahora tú? — con rostro de espanto y en medio de exhalaciones entrecortadas le respondí
—¡Mamá! ¡No puedo respirar! — extrañamente ella lo tomó con frialdad e indiferencia y bajó las escaleras con naturalidad y en ese punto fue cuando desperté...
No podía enfocar los objetos, cuando escuché ruidos sordos en la habitación de mis padres, mientras mi padre llamaba a mi madre desde abajo:—¡Déjala! Ahorita despierta,
—Pero no se trata sólo de eso, ¡estoy harta! — le respondía ella, era obvio que hablaban de mí.

Me levanté con mucha dificultad, para enterarme de lo qué estaba pasando, me paré justo debajo del marco de la puerta de mi habitación y vi a mi madre, aún en pijama, cargando un sinfín de cosas escaleras abajo; según sus gritos, me dio a entender que eran cosas mías.

—¡Mamá! ¿Qué haces? — alegué, pero no hubo respuesta, mamá estaba en verdad molesta. Antes de llegar al piso de abajo, mamá aventaba lo que traía en las manos, mis pertenencias; pero mi vista insistía en seguir borrosa,
—¡Mamá! ¡Detente! ¡Basta! — y mamá seguía su furiosa labor; de pronto sentí como alguien o algo invisible me estuviera acercando sutilmente al suelo. Primero se inclinó mi cabeza, después mis hombros, junto con mis brazos y mi pecho. Me sorprendió no haber azotado contra los mosaicos de la casa; durante mi caída me pregunté si seguía soñando e intenté despertarme, pero no lo logré, creí que esa extraña experiencia era porque cada vez me acercaba más a esas cosas que no le gustan a mi mamá, por no escandalizarme cuando veía monstruos en la TV porque ya sabía que eran actores muy bien maquillados, por no hacer prejuicios a una mente creativa sólo por imaginar vampiros, muertes sangrientas y demonios en un mismo cuadro. Toqué el suelo con mis mejillas, sentí el frío; sentir... era obvio que no estaba soñando, aún podía sentir; miré de nuevo a mi madre; pero como al principio, seguía viendo borroso, aun trayendo los anteojos puestos, no podía distinguir el rostro enfurecido de mamá, ¿cómo supe que estaba furiosa? ¡Fácil! Su tono de voz,
—¡Te vas a llevar todo lo que estoy bajando, porque si te vas y siguen aquí, me voy a deshacer de todo! —  hasta ese momento entendí todo, mi mamá me estaba corriendo de la casa, mi papá se escuchaba indignado, pero no hacía nada; me levanté del suelo para tratar de arreglar el posible desastre que había dejado mi mamá después de su arranque de furia; pero mi cuarto estaba intacto. Mi mente insistía en que no podía seguir dormida, sentía absolutamente todo, la furia de mamá, la indiferencia de papá, mi confusión, el olor de mis libros; todo eso era tan palpable como la tersa piel de mi cama, ¡no! era obvio que ya había despertado.

Me fui tambaleando hasta mi cama, empezaba a sentir que se me terminaba el aire (de nuevo), y fue cuando sentí una obstrucción en mi mejilla izquierda, pero no era ningún golpe, ninguna inflamación, de hecho, se sentía bastante sólida, muy redonda y muy maleable. Con mi dedo índice abrí mi boca para sentir lo que había dentro de ella, en efecto, había algo redondo y sorprendentemente grande. Lo rodeé con mi dedo y lo halé hacia afuera, después, con mi pulgar volví a empujar mi comisura izquierda hacia esa misma dirección, tomé la esfera con ambos dedos y la extraje con éxito. Tal fue mi sorpresa cuando sentí que había otro objeto, muy parecido que apareció de la nada, exactamente del mismo lado. Repetí el instructivo anterior y en efecto, ambos eran idénticos. Dos pelotas de plástico como las que hay en las "albercas" de las fiestas infantiles. Una azul, la otra amarilla; el mismo tamaño. Al compararlas, mi ceja izquierda se arqueó con notoria y obvia confusión.

Sabía que nadie me creería si se los contaba. Se burlarían de mí; yo ya lo hacía —Charlie, nadie vomita pelotas de plástico; — me dije, aún así me aproximé a mi iPod conectado para tomar una fotografía, después de eso, tomaría la maleta más grande de la casa y la rellenaría con todos mis libros, ¿a dónde iría? No tenía la menor idea; tomé el iPod, abrí la cámara y abrí los ojos.

Enfrente de mí, el lado de mi cama que siempre está vacío y la pared protegiéndolo; un sueño, sí, un sueño asquerosamente extraño, que no tuvo ni pies ni cabeza. Los escalofríos rodearon mis brazos; ¿había estado realmente despierta?; ¿había tenido una visión? Ni siquiera supe que seguía dormida. Me sacudí la confusión, me acomodé de nuevo debajo de mis dos cobijas, lado izquierdo, almohada entre las piernas, posición fetal. Cama, almohada, mano izquierda; otra almohada y mi cabeza. Dos hombrecitos de felpa reposando su cabeza en mi antebrazo izquierdo y mi mano derecha protegiéndolos, cerré los ojos dispuesta a seguir durmiendo sin siquiera preguntarme por la hora.

Y así fue mi sueño más raro; ¿por qué? Porque sigo creyendo que no estaba soñando, porque las veces que lo intenté no me pude despertar; aún tengo la sensación de que alguien quería que viera algo dentro de ese "sueño" pero no sé que fue, tengo buena memoria con los sueños; eso lo sé, pero de este en particular recuerdo salto y seña; estoy segura de eso y de que definitivamente NO estaba soñando.

—   Sucedió el seis de octubre del 2012, madrugada, hora inexacta, ¿testigos? Charlotte, Diana, Charlie y Ruth; mis cuatro distintas formas de pensar y de ser. Conclusión: hay algo muy raro en mi cabeza, pero no quiero deshacerme de ello, es lo que me hace ser quien soy y JAMÁS me voy a avergonzar de ellos.



—Charlie Zaloom—